Affichage des articles dont le libellé est escritor web. Afficher tous les articles
Affichage des articles dont le libellé est escritor web. Afficher tous les articles

lundi 20 avril 2009

"El Mono Cibernético", Pablo Paniagua


Pablo Monito,

es muy pero muy bueno otra vez!!!



Te vuelvo a encontrar bajo los rasgos de un simio a quien le vas a dar "pan y agua" para sustentar la Palabra!!!!



Genial, estamos moviéndonos en ondas parecidas, el endotexto, el exotexto, el personaje-escritor que se lo traga al autor, al Usurp-Autor en un baldío donde un recién nacido está lindando con la Muerte...



Te dejo de enlace mis exergos de Bonpland, Amado Monito, y quedo a la espera de otras entregas...



http://laisladeroabastos.blogspot.com/



Y ahora mismo vas a volver a aparecer en uno de mis blogs!!!!



Pa' que los Inservibles Vejestorios de la Post Modernidad ( de la cual soy...) queden pa' siempre calladitos!!!



Eric Courthès







--------------------------------------------------------------------------------
Date: Mon, 20 Apr 2009 17:53:26 +0000
From: pablopaniagua@yahoo.es
Subject: EL MONO CIBERNÉTICO – Blognovela – eBook novela gratis
To: eroxa_courthes@hotmail.com

EL MONO CIBERNÉTICO – Blognovela – eBook novela gratis











En jungla de Internet, entre chips, memorias ram y cables de fibra óptica, un mono escritor, con su aullido de lobo, le habla a una nueva generación. La época supermoderna, en la que ahora estamos inmersos, es el marco de las reflexiones metafísicas y de la crítica de alguien que suplanta a un chimpancé pensante; ¿o será el chimpancé el que suplanta al escritor?



El escritor web Pablo Paniagua, autor del la blognovela “Exex, la mujer del bigote” y de la novela on line “La Última Utopía”, ha comenzado a publicar en el diario “El Librepensador” http://www.ellibrepensador.com la blognovela “El Mono Cibernético”. Los capítulos aparecerán todos los días pares, hasta una conclusión todavía no determinada, pues esta novela supone, en realidad, un experimento dentro de un subgénero literario que busca su metamorfosis como modo de expresión y como propuesta para contribuir al desarrollo de las nuevas formas narrativas en Internet.



La voz de cuatro personajes, hablando en primera y segunda persona, irán construyendo una historia que hará referencia al mundo que hoy vivimos: la época supermoderna. El Mono Cibernético viene a anunciar y certificar la muerte de la época postmoderna, de algo que terminó, en su dimensión artística, con la supremacía del concepto sobre el objeto, en una dispersión global de un arte vacío de contenidos y en caída libre dentro de una civilización dominada por la banalidad, donde la literatura de hoy tampoco se escapa de la inercia de la simulación.



El Mono Cibernético se rebela contra todo ello, y en su mundo, que es Weblandia, su palabra se hará escuchar.



Esta blognovela la pueden seguir en esta dirección:

http://www.ellibrepensador.com/el-mono-cibernetico-una-blognovela-de-pablo-paniagua/



Y aquí, como botón de muestra, pueden leer la primera entrega:





CAPÍTULO 1



¿Libros? Éste puede ser un libro que empieza... un libro digital dentro de un diario digital. ¿Quién soy? El de cara de chimpancé, de mona Chita sin Tarzán simulando su grito por aquí. Es la compulsión por escribir igual que un grito interior que no sale por la garganta, sino de los dedos que pulsan estas teclas. Para ello me afané en dejar la banana a medio terminar, aunque no soy yo el que escribe porque los monos no saben leer y mucho menos escribir; es éste que me suplanta, que tomó mi foto de Internet para decir que soy yo, que es él, que es un chimpancé pensante…



Es difícil vivir sin identidad, pues todo ha de ser nombrado para existir, además de tener una imagen reconocible. Yo sólo me reconozco en esa fotografía robada para suplantarme a mí mismo, un ser agazapado tras la pantalla de una computadora, un escritor sin rostro que con estas palabras se mete dentro de tu cabeza, dentro de tu casa... Existo y no existo, soy un algo virtual, un racimo de palabras que se entrecruzan buscando un significado, ente de sustancia efímera… nada más.



Acabo de cenar y una mona me espera para esta noche. No sé cómo se darán las cosas, si es que se dan; de cualquier modo trataré de pasarlo bien. Ahora ya son dos vidas paralelas las que tengo (si es que no son más): la virtual que me invento y la real que no paro de inventar. Así es el devenir, algo que en parte nos viene dado de acuerdo a una caída como de fichas de dominó, de un efecto pocas veces predecible y que termina, a saber, con la muerte. Pero hoy no he de preocuparme por ello, pues un libro acaba de nacer. El resultado tampoco es predecible, como ese devenir que mueve los hilos de la existencia, pues escribo esta historia sin saber su final ni recorrido: toda una incógnita; he ahí lo emocionante de la apuesta, del experimento de acumular palabras e ideas en busca de un significado, y tú, lector, eres mi cómplice, el destinatario de un mensaje que se precipita en un universo fractal de enlaces cibernéticos, algo que llaman ciberespacio.





EL MONO CIBERNÉTICO – Blognovela – eBook novela gratis

http://www.ellibrepensador.com/el-mono-cibernetico-una-blognovela-de-pablo-paniagua/

mardi 3 février 2009

¡Publíquenlo al Nuevo Kafka!!!!!!, Pablo Paniagua









--------------------------------------------------------------------------------
Date: Tue, 3 Feb 2009 15:31:57 +0000
From: planetaenpaz@yahoo.es
Subject: FRANZ KAFKA, UN DESCONOCIDO ESCRITOR
To: paul777lizard@yahoo.es

FRANZ KAFKA, UN DESCONOCIDO ESCRITOR

(Dedicado a Jorge Herralde)

Pablo Paniagua





La otra mañana, a eso de las seis, me desperté con esta pregunta en la cabeza: ¿Qué pasaría si Franz Kafka viviera ahora, siendo un total desconocido, e intentara buscar un editor? Esta pregunta, sin duda, nace de la afirmación de un amigo que dice: “Los grandes escritores del siglo XX serían rechazados hoy en todas las editoriales, por lo menos en las de España.”



Un modesto escritor, llamado Franz Kafka, dormía acurrucado en un colchón cubierto con un par de mantas. Era viernes y no había ido a trabajar porque estaba enfermo, tenía una incipiente bronquitis y no paraba de toser. Ya desde pequeño su salud se demostró bastante frágil, sobre todo en las vías pulmonares, y ahora, por ser invierno, era proclive a enfermarse con facilidad. Entre el compás de su forzada respiración de pronto escuchó el timbre de la puerta, por lo que se levantó casi tiritando, con una manta sobre los hombros, para ver quién llamaba con tanta insistencia. Al abrir, pudo comprobar que era la señora encargada de limpiar la escalera que, en sus manos, traía una carta con membrete.

–Esto estaba encima de los buzones, señor Kafka. Es para usted –dijo la señora.

–Gracias –dijo al recibirla.

–Y cuídese, que no le veo muy bien –añadió antes de irse, a modo de despedida.

Franz Kafka miró el remitente y vio que se trataba de la editorial Adiagrama (la del prestigioso editor Juan Iturralde), sita en la ciudad de Barcelona. Hacía justo dos meses les envió un original, sin ser un ejemplar solicitado, y le extrañó que le contestaran con tal prontitud. Con la emoción casi se olvidó del frío, de su malestar y de la tos, pensando que podían haber aceptado su novela. Abrió el sobre y extrajo una carta que decía:



28/02/2007

Estimado Franz Kafka,

Sentimos comunicarle que, debido al exceso de títulos contratados, nos resulta imposible incluir EL PROCESO en nuestra programación, sin que eso suponga un juicio negativo de su obra.

Confiamos en que no tenga problemas para su publicación en cualquier otra editorial con menos agobio de títulos y, agradeciéndole haya pensado en Adiagrama, le saludamos muy cordialmente.

Atentamente, Laura Carral.

Le recordamos que no nos resulta posible devolver los originales no solicitados, a no ser que el autor lo recoja por sus propios medios en el plazo de un mes de esta carta.

Editorial Adiagrama.



Así era esa carta de rechazo, una de tantas, pero esta vez de su editorial predilecta. El contenido venía a ser el mismo de las demás editoriales, casi con idénticas palabras, de la amable carta que le imposibilitaba para publicar y que, de plano, le arrojaba al ostracismo. Había pedido informes por Internet, enviado la información requerida y algún que otro original, pero ningún editor del mundo tenía interés en publicar su novela. Tanto tiempo y tanto esfuerzo para escribir una novela incomprendida, sin valor comercial, una rareza literaria sin sentido para cualquier editor, cuando el predominio del género novelístico oscilaba entre historias de misterio y ambientaciones de relatos históricos. Su novela, sin duda, era vista como la obra excéntrica de un loco, algo anodino y sin sentido para cualquier lector, una apuesta estética inútil y, por tanto, un producto desechable. Total, Franz Kafka era un don nadie, un escritor sin futuro, un asunto menor, un fracasado para cualquiera y para él mismo. “Ya podía ponerse a trabajar en vez de escribir semejante basura”, debían pensar en las editoriales donde envió el original de “El Proceso”.

Pero Franz Kafka escribía por una necesidad visceral, porque era un artista al que no le importaba pasar hambre y sufrir penalidades con tal de seguir adelante con su pasión. Ésa era su vida y su sueño, su apuesta.

Él era un emigrado checo que decidió abandonar el hogar familiar, e incluso su país, después de haber sufrido un desengaño amoroso, lo que le sirvió de pretexto, además, para librarse de un insufrible padre al estaba cansado de soportar. De tal modo que en compañía de su mejor amigo, Max Brod, tomó rumbo hacia tierras españolas con destino a la ciudad de Madrid, donde ambos alquilaron un pequeño apartamento en el barrio de Tetuán. Ese viernes, cuando abrió la puerta para recibir la carta, su amigo Max se había ido como de costumbre a trabajar, y él estaba solo y enfermo entre las estrechas paredes de lo que suponía su nuevo hogar. Encima de la mesa estaba su vieja computadora portátil, que compró de segunda mano, y dentro de ella un par de novelas y algunos relatos. Pensó, entonces, que empezaría una nueva novela, de un castillo que estaba siempre a la vista pero que era inalcanzable, donde todos los caminos conducían a él y por ellos nunca se llegaba, donde se sabía de sus habitantes pero difícilmente se dejaban ver. Era la metáfora de esa incapacidad de publicar sus escritos, de editoriales que eran castillos de burocracias inexpugnables e incapacidad. Ahora, no podía hacer nada más que escribir esas historias, que sólo él y su amigo Max comprendían, para olvidarse de todos los infortunios de su vida sumergiéndose en la literatura, cuando se preguntaba si algún día su trabajo vería la luz pública. Así, influido por estos pensamientos, se pasó toda la tarde escribiendo, con la tos y la manta sobre los hombros, algo que empezaba así:



Cuando K llegó ya era de noche. La aldea estaba cubierta por una espesa capa de nieve. Nada se podía distinguir en las alturas, sumidas entre niebla y oscuridad, y ni siquiera la más débil luz indicaba la presencia de un gran castillo. K se quedó un buen rato de pie en el puente de madera que unía la carretera con el pueblo, elevando su mirada hacia un vacío penetrante.



Ésa era precisamente la imagen de su vida, todo brumas y oscuridad a su alrededor, incomprensión por todos lados ante su forma de entender la literatura, con un estilo tan peculiar de laberintos conceptuales que a la vez buscaban una justificación por medio de un proceso racional, donde el protagonista de sus historias chocaba contra esa muralla de convencionalismos inamovibles, los mismos que él padecía con la industria editorial. Pero él, a pesar de todo, no podía dejar de escribir y escribir…

Max Brod llegó del trabajo, envuelto en un abrigo largo y con la cara enrojecida por el frío, pero con una sonrisa por estar de nuevo ante la presencia de su admirado y gran amigo.

–¿Cómo te fue, Franz? ¿Estás mejor? –fueron sus primeras palabras.

–Hoy es un gran día para mí –contestó–. Empecé una nueva novela que se llama “El Castillo”.

En ese momento, Max Brod vio sobre la mesa la carta de la editorial Adiagrama, que cogió para leer.

–Podía haber sido un mejor día… –dijo con tristeza.

–No te preocupes, lo importante es creer en lo que haces por encima de todas las trivialidades que nos acosan, sin perder los ánimos para continuar con lo que un día decidiste hacer.

–Eso no lo dudo Franz –dijo Max con una leve sonrisa–, pero creo que deberías hacer algo más que escribir.

–¿Algo como qué?

–Tú lo que necesitas son lectores, eso es lo importante. Si la industria editorial te rechaza, lánzate como escritor por Internet y demuéstrales de lo que eres capaz. Tú, mi querido amigo, eres un buen escritor que no merece el desprecio de un grupo que sólo mira por el dinero, mientras rechazan el arte. No dejes que nadie eche por tierra tu sueño de ser escritor, porque tú ya lo eres, de eso no tengo ninguna duda.

Franz Kafka se quedó pensativo por unos instantes, tosió un par de veces, y levantó la cabeza para mirar a su amigo, con esos ojos oscuros que siempre denotaban cierta melancolía, y dijo:

–Seguiré tu consejo… De nada necesito a los que no valoran mi trabajo… Me lanzaré como escritor por Internet, para encontrar lectores que no se conformen con lo que el mercado editorial les trata de imponer como literatura de calidad, cuando muchas veces no lo es… Les demostraré, como tú dices, de lo que soy capaz, que la literatura es un arte que nada tiene que ver con el comercio, que la literatura no son hamburguesas de McDonald´s ni latas de Coca-Cola, que la literatura se merece mucho más que ser vilipendiada por actos de mercadotecnia...

Ahora Franz Kafka se expresaba con entusiasmo, pues, desde luego, no iba a dejar que nadie pisoteara sus sueños, lucharía por hacerse un lugar frente esa industria editorial que había perdido, en gran parte, su vocación de servir al engrandecimiento de algo que se estaba olvidando, para pasar a un descolorido pastiche de lo que decía o ambicionaba ser.

–¿Quién publicaría hoy a autores como Thomas Mann o Marcel Proust? –se terminó por preguntar.

Max Brod, al escuchar lo que era una queja más que una pregunta, una crítica feroz, una realidad, soltó una carcajada que rebotó en las paredes del pequeño salón, mientras se despojaba del abrigo.

–Bien lo dices, mi querido Franz… Bien lo dices…

–¡Ya sé lo que haré! –exclamó Franz Kafka, ante una idea repentina–. Publicaré en un blog, como novela por entregas, “La metamorfosis”. Creo que la historia de Gregorio Samsa, que de un día para otro se convirtió en cucaracha, será ideal para publicar en Internet.

Y los dos amigos decidieron abrir una botella de vino tinto de Rioja, para así brindar por todos aquéllos que creen en la salvación de la literatura.

–¡Bienvenido sea Internet, porque muy pronto de ahí saldrán grandes escritores!

Exclamó Max Brod, entre el tintineo de los dos vasos al chocar.








Pablo Paniagua

www.pablopaniagua.blogspot.com