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mercredi 31 mars 2010

"INICIACIÓN A LA LINGÜÍSTICA, CON UNAS APLICACIONES SEMIÓTICAS A TEXTOS DE AUGUSTO ROA BASTOS", Eric Courthès




INICIACIÓN A LA LINGÜÍSTICA, CON UNAS APLICACIONES SEMIÓTICAS A TEXTOS DE AUGUSTO ROA BASTOS


ASUNCIÓN, UNINORTE
MAESTRÍA EN LETRAS
ABRIL DE 2010
por Eric Courthès







I) BREVE INICIACIÓN A LA HISTORIA DE LA LINGÜÍSTICA
La lingüística es el estudio del lenguaje humano. A finales del siglo XIX se usó primero el término de “gramática general”, luego con la conferencia inaugural de Paul Jules Antoine Meillet en 1906, se usó por primera vez la designación de “lingüística general”. En 1916, el mismo Meillet con otros ex alumnos de F. de Saussure publicaron su Curso de lingüística general , tres años después de su muerte, con la misma meta: “El lenguaje es una institución dotada de una autonomía propia; es necesario determinar las condiciones generales de desarrollo desde un punto de vista estrechamente lingüístico, y éste es el objeto de la lingüística.”
Se lo considera al gran lingüista suizo, nacido el 26 de noviembre en Ginebra, como el fundador del estructuralismo y de la lingüística moderna, también fue él quien sentó las bases de la semiología.
En aquel famoso curso, definió los conceptos básicos de la lingüística, o sea la distinción entre lenguaje y lengua por una parte, lengua y habla (o discurso) por otra, significante y significado por fin. Además, opuso por primera vez los estudios sincrónicos a los diacrónicos, y evidenció el carácter arbitrario del signo lingüístico . Sus estudios influyeron no sólo en la lingüística posterior sino también en la etnolingüística, el análisis literario, la filosofía y el sicoanálisis lakaniano.
Bien se nota en las citas anteriores que la lingüística moderna ideada por Saussure se basa en una serie de dualidades, de dicotomías, de las cuales arrancan luego una gran cantidad de conceptos, que cada rama de la lingüística trató de imponer después a lo largo del siglo XX, y que sigue produciendo un montón de nuevas categorías hasta hoy. La lingüística, como cualquier ciencia y acaso más que otras, por ser justamente su objeto el estudio del propio lenguaje, es una ciencia en movimiento perpetuo cuya fragmentación conceptual parece no tener fin.
Una de sus ramas más interesante y difundida es la lingüística estructural, o sea “un método del análisis lingüístico basado en la determinación del carácter estructural de la lengua.” “Por lingüística estructural se entiende un conjunto de investigaciones basadas en una hipótesis según la cual es legítimo describir el lenguaje esencialmente, como una entidad autónoma de dependencias internas o, en una palabra, una estructura.”
“El análisis de esta entidad permite separar constantemente una serie de partes que se condicionan recíprocamente, cada una de las cuales depende de otras y no sería concebible ni definible sin éstas.”
Una de las ramas más interesantes del estructuralismo, para un futuro profesor de literatura o lengua, es sin duda, la narratología, corriente creada por el ruso Mijail Bajtín , en los años 40 pero que sólo se dio a conocer en los años ochenta y noventa, gracias a Tsvetan Todorov por ejemplo, y cuyo máximo exponente fue en Francia, el creador de la semiótica textual, Gérard Genette.
La narratología se centra en el estudio de la narración y cuestiona las habituales nociones de autor y narrador, gracias a varios conceptos nuevos como la intencionalidad del discurso, el cronotopo , la focalización narrativa , la polifonía del discurso, ideadas por el Genio ruso, y complementadas por sus numerosos seguidores.
En todo lo expuesto anteriormente, podemos notar que en los fecundos años sesenta , la lingüística estructural crea las herramientas conceptuales de la descripción de un sistema cuya fragmentación es muy compleja, calcando la interrelación de sus conceptos sobre la de los signos del propio lenguaje. Esta ciencia es el reflejo exacto del objeto de sus estudios.
Como ya lo vimos, Saussure no sólo echó las bases teóricas del estructuralismo sino que también definió las de la semiología. Según Giorgio Raimondo Cardona, la semiología sería “Una rama de las ciencias humanas que tiene por objeto todos los sistemas de signos que constituyen sistemas de significación y, por lo tanto, no sólo el lenguaje propiamente dicho sino también los gestos, las imágenes y los sonidos.” “Se puede, pues, concebir una ciencia que estudie la vida de los signos en el seno de la vida social. Tal ciencia sería la parte de la psicología social, y por consiguiente de la psicología general. Nosotros la llamaremos semiología.”
En cuanto a la semiótica, también es etimológicamente ‘ciencia o técnica de los signos’, igual que la semiología. “Hasta principios de los setenta podía ser considerada un sinónimo de semiología, [término] preferido por los americanos, los alemanes y los soviéticos respecto al uso francés. Actualmente, sin embargo, los dos términos han dejado de ser sinónimos para todos y pueden cubrir campos o, al menos, tendencias de análisis diversos; en este caso, semiología es la teoría general de la investigación sobre fenómenos de la comunicación considerada como elaboración de mensajes sobre la base de códigos convencionales como los sistemas de signos.”
En esta perspectiva, Algirdas Julien Greimas y Joseph Courtés consideraron la semiótica como el estudio más claramente inspirado en los modelos lingüísticos, y denominaron [así] su teoría.” .
Pero cabe ahora volver un poquito atrás en esta cronología de la lingüística, ciencia prolífica si las hay, a lo largo del Siglo XX. A partir de lo que Saussure llamaba la “lingüística externa”, se crearon en los años cincuenta dos ramas muy importantes, la sociolingüística y la etnolingüística. La sociolingüística es la que “se enfrenta al estudio, en sentido amplio, de las relaciones entre sociedades y actividad lingüística: diferenciaciones lingüísticas y diferencias de clase, status y uso de las diversas variedades presentes en una sociedad, aprendizaje social de la lengua.” Se sitúa pues en la intersección mal definida entre sociología y lingüística, el primero en usar esta terminología fue W. Dorozzewski, en el Segundo Congreso Internacional de Lingüistas, en Ginebra, en 1931. En cuanto a Meillet, él prefería hablar de lingüística social pero su discípulo Marcel Cohen, al publicar Pour une sociologie du langage en 1956, y sobre todo H.C. Currie, con A projection of sociolinguisticas: the relationship of speech to social status, en 1952, impusieron definitivamente el término de sociolingüística.
En lo tocante a la etnolingüística, o lingüística antropológica o antropología lingüística, fue al comienzo, en los años sesenta, una rama auxiliar de las ciencias etnológicas, que estudiaba y describía las lenguas de pueblos ágrafos, o sea sin escritura, y caracterizaba las diferentes etnias del mundo, de ahí la enunciación “atlas lingüístico”, como el de la U.N.E.S.C.O.. Ahora, abarca “el estudio del campo delimitado por la intersección de lenguas, pensamientos y culturas y, por lo tanto, de sus recíprocas influencias, de los sistemas de categorías y de los aspectos lingüísticos de la etnociencia.” En el mismo ámbito, cuando se trata del estudio de los dialectos y sus interrelaciones con las lenguas en contacto con ellas, se habla de dialectología, el creador de esta corriente, de índole estructural, fue Ulrich Weinreich, (1926-1967).
Para terminar, dado que nuestros trabajos sobre Roa Bastos, que podrán leer a continuación, no sólo se inspiraron en las ricas fuentes de la narratología y la semiótica textual, sino también en las de la lingüística pragmática, vamos a definir esta orientación de la lingüística muy en uso actualmente. La lingüística pragmática o pragmalingüística nació en los años setenta, sus primeros exponentes fueron dos lingüistas alemanes: D. Wunderlich y U. Maas: “Se concentra en el habla como acción, -de pragma- que significa ‘hechos’ en griego-, y estudia […] cómo se establece, se mantiene y se modifica la relación entre interlocutores, y cómo se puede influir sobre los otros a través del lenguaje o cuáles son las condiciones para la consecución del acto lingüístico.”
Lingüística de la comunicación, es el estudio del uso del lenguaje, pues va más allá de la semántica que se queda en el nivel del significado, se interesa en las actuaciones inducidas por la interacción, en el momento de la enunciación y permite abordar conceptos como la “competencia lingüística”, o sea el valor de uso pragmático que una expresión posee en su contexto situacional, opuesta a la “competencia gramatical”, según Chomsky .
Para concluir, podemos decir que la lingüística desde las bases teóricas echadas por Saussure a comienzos del XX, ha evolucionado muchísimo, agarrando varias pistas diferentes, hacia afuera y hacia adentro también, multiplicando los enfoques y los conceptos.
Modestamente, voy a tratar ahora de insertarme en una de las corrientes definidas anteriormente, los estudios míos de la obra de Roa Bastos que van a descubrir ahora son al mismo tiempo semióticos, pragmáticos y deconstruccionistas.

De tener que elegir dos nombres entre los muchísimos investigadores que me influenciaron, daría sin vacilar los de Roland Barthes por su profunda reflexión sobre la noción de autor y la de Gérard Genette por su alto grado de investigación del texto literario, sin olvidar desde luego las influencias tardías de Milagros Ezquerro , directora del CRIMIC SAL de París IV, mi Maestra en semiótica textual, al mismo tiempo bajtiniana y kristeviana.

samedi 2 juin 2007

"Hipertextos roabastianos", Eric Courthès



HIPERTEXTOS ROABASTIANOS


CANTITO PARAGUAYO[1]

Paraguay,

para gallos,

con todas las pilas.

Chaco arenoso,

MAR,

tan hermoso

sin ribera

alguna…

Desiertos,

Alaska al revés,

cárcel,

jaula del

HOMBRE,
esclavo de

sus creencias…

Ensimismado…

Ni un alma

alguna,

a las inservibles

cuatro de la la tarde…

ESTEROS…

ALEPH…

FILADELFIA


NÁHUAL


¿ Qué Imperio regía

el Doctor Francia ?

¿ El Ano de Dios

o la Garganta del Diablo ?

¿ Qué Eldorado ?

Un infierno social

a lo diario…

¿ Qué hacemos acá

HOMBRES,

Dobles

El Uno del Otro ?

Igualitos y opuestos…

Atrapados en un metro,

Un último beso,
Y ya sale el

« enemigo irreconciliable… »

De Luna-Macho

y Sol-Hembra

somos frutos,

cáscara-sombra-huevo…


Por la Ruta TransChaco,

tan opuestos

y tan igualitos,

vamos de paso

a los Nivaklés…

Sencillos y dobles…

Dualidad, duplicidad

y doblez…



BRITANNIA

En el Ano del Mundo,

Están unos cuantos rufianes,

Unos cuantos rockeros,

Unas cuantas putas,

Unos cuantos remates,

Unos cuantos asaltos,

Unos cuantos secuestros,

Y

ESTÁ

DON AUGUSTO

ROA

BASTOS !!!



PAROAGUAY

(Último poema apocalíptico mío)


En un jardincito africano
Allende mozambicano
Está colgando
Una hamaca de Ypacaraí,
Y dentro está soñando

Un viejo loco,

Con agujeros en los textos

E Ínsulas de Paraguarí...


Su voz suena allá lejos

Como Celacanto pirirí,

Lástima Latimeria

De pez humano,

Soñando con Eupana,

Y teniendo que vivir Aquí...


Según Kundera
Lo pasado ignorará,

Ya que no es lo mismo,

Su Paraíso libresco,

Apenas entrevisto...

Pero él sabe que Allá
Su destino ha cambiado,
Y que le queda

Una Tierra sin Mal
Un Paraíso
En un rinconcito de su Memoria-Olvido...

Óbito será
Por el Tsunami,

Que algún día

Se llevará

Nuestro campamento,
Frágil y eterno...




Pero qué importan
Los Apocalipsis ????






Ajenjo de sabiduría
Va corriendo por sus ojos,




Y en el grito último
Está la mirada tierna
De un recién nacido...




Eric Courthès
17/01/05





A DON AUGUSTO ROA BASTOS
EN EL DIA DE SU FALLECIMIENTO 26-04-2005
El Genio nuestro se murió,Quien cuestionó Significante Y Significado, Revolucionó el Signo,La Escritura, Y por si fuera poco, El Mismo Texto !!!!! Nos hizo soñar conSus Supremos Personajes, De Pensar y EscribirHarto capaces, Nos hizo escribirA la vez, El Transfinito LibroBabeliano…Hipertextos inconexosEn apariencia,Que brotan tales rizomas, Del ÁrbolDe su Ciencia…Tan humana, Que lo sublimatanto al Hombre, Que muchos creyeron encontrar A un nuevo ……..Todas las banderas Quisieron recuperarlo, Sus detractoresEnlodarlo, Pero nadie consiguióEntenderlo todoDe su Supremo…. »
Eric Courthès


TAXI-MOMIA[2]


Iker ahora recordaba, extraño encuentro y rara coincidencia otra vez, a un viejo taxista de Asunción, capital del lejano y mítico Paraguay, a donde solía viajar, como investigador y escritor de los domingos y días feriados….

Vino a buscarlos en la entrada del Manduará, por una noche oscura, para bajar hasta la Vieja Estación de la Plaza Uruguaya…

El vehículo era tan antiquísimo como el chófer y parecía levitar tranquilo, libre de gravedad, en un espacio y tiempo dignos de Amoité…

Literalmente se deslizaba por los rieles del tranvía y bifurcó hacia Mariscal Estigarribia…

Taxi-Momia era muy chiquitito, otro chófer que lo cruzara no habría visto sino una gorra, manejando con destreza un antiguo Ford Falcon, de tan triste notoriedad…

Uno tiene que decir además que el Abuelo Ezequiel, así podemos llamarlo, no pronunció ni una sola palabra durante todo el recorrido, en mi asiento estaba congelado por esa irrupción de la Muerte y su extraño cortejo, impregnado de banalidad…

Desde luego no le confesé nada a mi esposa, otra vez habría pensado en mandarme al manicomio, donde el Doctor Mafiel, Fiel de Fechos, me estaría esperando con una jeringa enorme y una mirada sádica en los ojos…

Al cabo de diez minutos de extraña eternidad, Ezequiel Caro nos dejó en el Lido bar, donde disfrutamos con todo de una sopa de surubí, satisfecho en lo que me atañe, por haber reintegrado la Vida…









Eric Courthès
Asunción, 10/08/05,
21h03-21h13
http://us.rd.yahoo.com/evt=42879/*http:/ar.groups.yahoo.com/group/gacetaliteraria




EL LIBRO


Iker Boutin, desde sus primeros años, todas las noches se dormía recitando un libro. ¿Qué libro? No lo sabía, el hecho es que en este momento preciso que precede al adormecimiento, las páginas y las líneas y los miles de caracteres chiquitos empezaban a desfilar por su cabeza, sin que pudiera intervenir lo mínimo en esa verbosidad infernal. A veces conllevaba unas consecuencias fastidiosas en su comportamiento, andaba de lo más distraído, hasta se pasó un día entero de invierno en el colegio llevando charentesas[3]

Conviene decir que a la mar de escritos desfilando ante sus ojos, era preciso añadir unas pesadillas recurrentes que atormentaron su infancia, impidiéndole que la gozara plenamente y dándole al mismo tiempo una conciencia precoz del miedo…

La casona era antigua, en el número ocho de la calle Louis Barthou, a un paso de la calle Pierre Loti, en un villorrio insular de la Costa Atlántica, que todos reconocerán….Le parecía a uno que la habitaban un aluvión de demonios cuando la tormenta se apoderaba de la casa, Ellos solían visitarlo y despertarlo sobresaltado, como si se encontrara en el clímax del libro que lo atormentaba en lo más íntimo…

Por ello le causó un inmenso pavor a su profesora de francés, la Señora Hourin, en efecto, en segundo año de secundaria, cuando ella les pidió a todos los alumnos que contaran un sueño, él le redactó como doce páginas, con persecuciones por túneles, cloacas, personajes realmente de terror, sacados de sus sueños, que impactaron muy feo en la dama, solterona-litero-clitorido-endurecida de 39 años y de las que se afilian a clubes de treintañales incasables, hasta el final de su vida.

Iker era pues un niño habitado por quimeras, en la familia le sugirieron que sus antepasados eran descendientes de corsarios españoles, los cuales en realidad formaban parte de los visitadores de la calle Louis Barthou, como los Vauzelle que vivieron en esta misma casa, unos cien años antes, y como otros monstruos imposibles de identificar, a excepción de una Virgen Blanca, que acostumbraba levitar por su habitación, bañada de luz e irradiando la Bondad…

Pero volvamos al tema de su libro, el que lo proyectaba en verdad a esos abismos de donde sólo un grito te saca, sólo el Miedo llevado a sus paroxismos y tu corazón que late, late como para romperse, una infancia que rima con muerte, una infancia que Iker arrastra como una maldición, que hace que parezca cansado al día siguiente en la escuela, como ausente, en este sentido, la geometría siempre tuvo para él, el sabor de un viaje que nunca más podría emprender…






Pero en conjunto y pese a sus lagunas en matemáticas, el niño obtenía resultados correctos en suma, sus padres desde luego estaban zozobrados por tantas pesadillas seguidas, que les quitaban el sueño a todos, mas lo achacaban a los “defectos” como decían del viejo y pesado caserón de piedras, inclinado como nave austera, encallada en la costa baja, habitada por naufragadores extremos que desde ese lugar, en la habitación de la planta baja de la calle Louis Barthou, tiraban los muertos al agua…

Por lo demás, en la isla proliferaban los descendientes, no tan lejanos, de los naufragadores. Los pobladores de La Rémigeasse, un puertito de la costa oeste, o los de Chaucre, al noroeste, parecían levantarse por la mañana para comer carne humana. Las familias Crochet o Coquet ilustraban perfectamente el difícil paso de la libertad del asalto a un barco embarrancado[4] a lo aburrido de la pesca de cabotaje, que no alcanzaba para nada…

Pues Iker se pasaba las noches peleando con fantasmas de naufragadores o náufragos, almas vagabundas que habitaban la isla por las noches y le quitaban el sueño. Acaso, ¿eran las historias que escuchaba antes de dormir, relatos de agonías y arrepentimientos[5], que no habían tenido tiempo de escribir, ficciones que iban recorriendo sus noches y las de otros niños soñadores? Porque, ¿quién podría afirmar que era realmente el único en tener tales pesadillas?

En cuanto a los días en el colegio o en la calle, con su hermano Carlus, se los pasaba repitiendo las peleas y fechorías de los bucaneros alados que poblaban sus noches. no pasaba un solo día sin un reto, sin un encuentro con las pandillas rivales, y a veces, no les sobraban las fuerzas para volver más o menos ilesos a casa, en efecto, los derechos de varec de los retoños de los raqueros, se habían transmitido de generación en generación, en la isla de los Ladrones[6]

El miedo, lo experimentó una noche de tormenta, cuando tuvo que remontar solito, al anochecer, el interminable callejón des Jaulins, y que el viento del noroeste parecía dar bofetones a todo lo que encontraba a su paso. La isla de los Ladrones, presa de las oleadas, vacilaba en sus sísmicas fundaciones, Iker tenía que caminar solito hasta Rulong, a un kilómetro de la casa, por un callejón espantoso. Parecía un títere, con su lechera, y aquella noche, creyó volar. Caminando de vuelta, con el miedo y el viento encima, Iker se puso a volar literalmente, y tuvo la sensación de alcanzar la calle Louis Barthou, sin pisar una sola vez el suelo, un poco como en aquellos sueños de prepotencia, en que algo nos lleva consigo, en una alfombra voladora, o en un pasillo rodante, en este caso…


Y además estaba ese maldito libro que iba dando vueltas por su cabeza. Seguía allí todas las noches, se entreveía como en esos sueños que uno alcanza a ver justo al final, antes de despertar. Veía con claridad las páginas, los caracteres, no obstante no entendía nada de esas galimatías, esa cencerrada de palabras que iban desfilando con una velocidad alucinante ante sus ojos medio cerrados. Por supuesto, nunca habló del tema con nadie, sólo sus compañeros de dormitorio del internado de Rochefort, se enteraron de que todo lo que se le decía durante el día, lo impregnaba por la noche para surgir en sueños, en conflictos, y hasta en voces en latín, que, aunque suene extraño, él nunca lo había estudiado…

Eran esos síntomas las únicas manifestaciones visibles o más bien audibles de su Libro, Iker, ya hecho un adulto, ansiaba saber algo más al respecto. Cursó psicología para procurar circunscribir el problema, pero sólo lo llevaron a callejones sin salida, a casos de escuela que no tenían nada que ver con su estatuto de Hombre-Libro, de hombre habitado por un libro, que no logra descifrar y que lo transporta todas las noches hacia los sueños…

A duras penas se volvió profesor en un colegio de los suburbios. Este libro-rollo que iba desfilando ante sus ojos nunca lo dejaba en paz. Obsesionado, su grabador íntimo se llenaba de las peores endofasias. Su loquele tenía toda la traza de un caso de esquizofrenia, y seguía durmiéndose todas las noches, con este libro indescifrable, los especialistas del sueño que lo atendían no le brindaban soluciones concretas. ¿Qué significaba pues ese pre-sueño en forma de rollo que lo catapultaba en los brazos de Morfeo?

Empezó a examinar con suma atención los conocimientos cosmogónicos de los amerindios. Descubrió que numerosas etnias usaban captadores de sueños en forma de triángulo, constituidos por ramitas de mimbre, plumas y hierbas. Supo que el indio medita y masculla sus oraciones, se adueña de sus captadores y los coloca encima de su lecho, para filtrar los malos sueños…

A Iker le bastaron aquellas imágenes para ponerse a imitar estas prácticas rituales, para las cuales sólo una larga preparación y una fuerte auto convicción, permiten dar algunos resultados. Además, no se trataba de bloquear pesadillas, esas se volvieron cada día más esporádicas, sino descifrar un introductor libresco del sueño, cuya realidad se le escapaba. Por desgracia, por más que multiplicara los triángulos tejidos con paciencia colgados de los cuatro vértices de su habitación, ni un Algonquino habría reconocido en eso un captador de sueños…

Por lo tanto se orientó hacia la informática diciéndose que podría crear un logicial sacado del saber ancestral de los Algonquinos. Colocó decenas de captadores chiquitos en forma de triángulo en las sienes y en la cabeza, conectados con su computadora, manteniendo al mismo tiempo el decorado anterior. Todas las noches se acostaba esperando que el Libro aparezca por fin en la pantalla. Eso le tenía la mente tan ocupada que un día se olvidó el cartapacio en la veranda de su apartamento, todo el día tuvo que improvisar sus clases, y se arrepintió muchísimo con tratar de inventar esa maldita máquina…

Al día siguiente tiraba el mismo cartapacio en el contenedor de su edificio y recorrió más de un kilómetro hasta el centro de la ciudad con una bolsa de basura, menos mal que no pudo alcanzar el recinto del colegio suyo, donde sin duda sus alumnos lo habrían llevado en hombros…

Iker estaba enfermo por esas experiencias que le impedían gozar plenamente la vida, ni se atrevía a dirigirse a las mujeres, y menos a sus colegas, de tanto miedo que le daba que descubrieran su secreto, se quedaba solito con ese libro, que lo habitaba y ahora esa máquina de mierda que sólo daba para unos garrapatos ininteligibles en la pantalla…

Le fueron necesarios como diez años para que alcanzara su meta. De a poco, los microprocesadores grabaron esos extraños datos, y empezaron a desfilar palabras en la máquina. Al comienzo eran sólo eso: palabras sueltas. Pero el sistema fue mejorando y pudo, al fin, leer algo concreto…

Iker llegó a leer por fin, cada mañana al despertar, la reseña íntegra de ese introductor del sueño que lo ponía tan distraído y medio loco. No le extrañó en demasía encontrar ahí las lenguas más extrañas, algonquino desde luego pero también fino y dene-caucásico…

Emprendió pues la labor de traducir todos aquellos textos que se le antojaban notables, encallados en la noche de los tiempos. Para su mayor sorpresa comprobó que se trataba de poemas que él había escrito, en su lengua desde luego. A esta altura del relato, falta mostrarle, al lector impaciente, unos pasajes del Libro descifrado.

El origen colorado

De la vagina universal

De los moscovitas embriagados

De los amerindios masacrados

Del liberalismo consagrado

De las palabras chasqueadas

Como latigazos

De las palabras cantadas

En voz alta

Que suenan en la garganta

Y luego en la nariz

Palabras propulsadas

Por la boca

Quienes en mi hoja

Se acuestan…
Pregúntale al polvo

Cuáles son sus secretos

Briznas de Escritura

Perdidas en el viento…


Tertuliano Pessoa
Marzo de 2003

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YUYA PISHKHO, el pájaro- memoria

YUYA PISHKHO, l’oiseau- mémoire



L’oiseau- mémoire,

El pájaro- memoria

Le Yuya Pishkho,

El yuya Pishko,

Du fond d’un miroir,

Desde el fondo de un espejo,

Me rappelle à Santiago,

Me llama de nuevo en Santiago ;

Et ailleurs…

Y en otras partes….



Tout en haut,

Allá arriba,

Du Mont du Diable,

Del Monte del Diablo,

Le Devil’s Glenn,

El Devil’s Glenn,

Où commence et finit

Donde comienza y termina

Une histoire,

Una historia,

La mienne,

La mía,

La tienne…

La tuya….


A moitié jardin botanique,

Mitad jardín botánico,

A moitié primitive forêt,

Mitad primitivo monte,

J’ai rencontré en son sommet,

Encontré en su cumbre,

Au pied d’une cascade,

Al pie de una cascada,

Un Sage gazouillant,

Un sabio gorjeando,

Tel l’Oiseau- Mémoire,

Tal como el Pájaro-Memoria,

Qui te conte

Que te cuenta

Son Histoire…

Su Historia….



Un Sage qui conte aussi

Un Sabio que también cuenta

Les histoires des autres,

Las historias de los demás,

Qui gazouille dix mille

Que gorjea diez mil

Histoires,

Historias,

Qui n’en font qu’une,

Que no conforman sino una,

Puisant dans nos mémoires,

Cavando en nuestras memorias,

Se racontant,

Contándose,

Te racontant…

Contándote…


Auguste il se nommait,

Augusto se llamaba,

Sa Pensée il m’a transmise,

Su pensamiento me ha transmitido,

A jamais,

Hasta siempre,

D’Eindhoven à Nevers,

De Eindhoven a Nevers,

De Asunción a Buenos Aires,

D’Asunción à Buenos Aires,

Il m’a transporté,

Me ha llevado

Il va t’emmener…

Te va a llevar…


Cette histoire

Esta historia

Sans personnages,

Sin personajes,

N’a pas été racontée,

No ha sido contada,

A Toi d’y voir,

A ti te toca ver,

Ce qui pourrait

Lo que podría

T’en dé- livrer…

Libr-arte de ella…










Iker Vera
06 03 2007


http://www.elyacare.org/paginasnuevas/liter.html








ROA DE-CONSTRUCT-ORA


A Richard Astudillo Olivares


Roa deconstructora

Del Texto,

Supremo Pasquinero,

Traspasando

Sus fronteras,

Del Discurso polimorfo

A la vindicación

De un Nuevo

Lenguaje….


Nada

ha sido contado,

de aquella Historia,

Histeria de Poder,

De la Escritura,

No ha sido

Relato,

Pues que lo vuelvan a

Empezar todo

En la primera

Página….

Y que lo re-escriban

Todos

Toditos,

De modo transfinito,

Nada de Derrida,

Roa

Re-Constructora,

Carolina

Orlando….



A ella le resultará

Raro

Encontrar su nombre

Acá,

Pero dio en el blanco

Del endotexto,

Del exotexto,

De la Gran Serpiente-Textual

Enrollada,

Augusto Roa

Bastos,

Cual Hija de Hombre

Suya….





Tal como la Creadora

De la Boa

Comilona,

Constrictora,

Paraguaya,

Supo enredar historias

De nunca terminar….



Los mil y uno

Rollos de la Ficción,

Del Mentir

Verdadero,

Dan la ilusión de

Un Supremo Texto

Auto-generado….


Tertuliano Pessoa, 10 04 2007

http://www.elyacare.org/paginasnuevas/liter.html


[1] Los 4 primeros poemas de esta recopilación ya fueron publicados en mi recueil Le Livre et autres délivres, París, Société des Ecrivains, marzo de 2006, http://www.societedesecrivains.com/pc/viewPrd.asp?idcategory=7&idproduct=756

[2] Este micro relato, en caso de que me lo publicaren en francés, vendría insertado en un librito de poemas y micro relatos de viaje, por el Paraguay y muchos otros lares, titulado Voy-âges, literalmente Viaj-edades…
[3] Zapatillas de paño de interior, pantuflas…
[4] No existe en español un término para designar los « naufragadores »: naufrageurs en francés, quienes por las noches de tormenta prendían fuegos en las dunas de la isla de Olerón y de otras costas, para desviar los barcos de su rumbo y asaltarlos de noche…

[5] Cuentan que una noche una mujer degolló a su propio hijo naufragado, a la mañana siguiente se enteró al echar el cuerpo al agua y se pasó el resto de su vida lamentándose en la misma playa, llamada desde entonces: “La playa de la arrepentida”. En el libro mío del cual saco esta novela corta, Le livre et autres délivres, París, Société des Ecrivains, marzo de 2006, una pieza hace eco al relato que están leyendo, se titula “La playa de los lamentos”…

[6] Una de las etimologías posibles en francés de Oléron: l’île aux larrons, la mayor isla de Francia, -excluyendo Córcega-, en Charente Marítimo, al norte de Burdeos y al sur de La Rochela, donde pasé los mejores años de mi vida…

mardi 22 mai 2007

"En la yema de tus dedos hasta la muerte", Carolina Orlando, cuento sacado de "Memorias de un escritor", (sin editar)


En la yema de tus dedos hasta la muerte



Con el pago de este trabajo podría comprarme los zapatos. Pero, para juntar el dinero que necesito, tendría que encontrarla sin que me vean los muchachos. Eso de repartir la paga no conviene, no alcanza.

¿Cuál es la cosa más fuerte del mundo? ¿Será el río? No. Al agua del río se la llevan las nubes. ¿Será el viento, entonces, que arrastra las nubes? No. Puedo encerrar el viento en mis pulmones. Mi cuerpo es más fuerte que el viento. Pero no soy fuerte cuando tengo miedo. ¿El miedo? Ha de ser el miedo. El vino apaga el miedo, dijo un viejo. El sueño que da el vino, dijo ña Rufina. Ella no quiso revelarme qué es más fuerte que el sueño. Soy muy chico, dice. Cuando vaya a lo de Paino, vamos a hablar sobre eso. Él debe tener la respuesta. El tío, por obispo, debe tener todas las respuestas. Él no pensará que soy chico. Los dos somos hombres y vamos a entendernos. Cuando me vea con los zapatos nuevos, no va a decir que soy chico. Cómo crecen estos muchachos, va a decir.

Si no presto atención, no la voy a encontrar.
Los mellizos siempre la encuentran porque saben enfocar los ojos en una sola cosa. Yo no puedo. Tengo la cabeza llena de ideas, de historias inconclusas. Papá dice que son los cuentos de ña Rufina. Me quedan dando vueltas. No los puedo olvidar. Y además, ¿por qué tendría que olvidarlos? Prefiero olvidar los castigos de papá. Pero quizás no pueda. Ahora, será mejor mirar atento el río. Pronto aparecerán los muchachos.
El lecho está más fangoso. Los dedos de mis pies se entierran como destinados. Ha de ser por el ganado. Muchas balsas están pasando. Muchos caballos. Eso afloja el fango. No lo deja decantar. Pero hace bien el frío. Allá abajo está el frío. No tengo que dejar que el sol me seque. Si los muchachos me vieran, se armaría una pelea. A los mellizos le resulta fácil encontrarla. Tienen un pacto con el diablo esos dos. Parece que se la pone en el paso. Tampoco es justo que siempre la encuentren ellos. Es plata tirada. Yo la necesito para un par de zapatos. Tengo que pisar Asunción con zapatos. Mis pies desnudos quedarán en Iturbe, aquí, en este fango que los atrapa como si fueran raíces. Como si mi destino fuera quedar plantado en el río.
Cuando hundo mis manos en el lodo, la piel se confunde con el río y mi cara es la del río. Ese reflejo soy yo. Pero si parece que tengo miedo. Mi cuerpo es una isla que se mueve, que transporta el reflejo de una cara que podría ser su luna, o un Dios que la mira, o un gigante que espera salir del agua. Eso parece mi cara. Pero no soy una isla, ni mi cara podría ser Dios. Soy yo, buscándola.
Cuánto pesa mover los pies... Es distinto cuando nos bañamos. Bueno, era distinto hasta que el mellizo la encontró, ahora jugamos con más cuidado. No se merece que la pisen. Si la hubiese pisado, al menos, ya tendría mis zapatos. El otro día, el colorado tenía unos nuevísimos. Pero a ese se los compraron. El padre está trenzado con el capataz del ingenio. Todos dicen que le esconde cosas. Mujeres, por ejemplo. El padre del colorado la va a encontrar antes que yo, pero de otro modo.

El sol ya no ilumina con tanta fuerza, comenzó a caer despacio. Es la hora de los cuentos. Sería mejor estar en casa, escuchándolos. Pero ahora se me escapan los cuentos. Necesito los zapatos. Mamá me lleva a otros mundos, dice. Y yo cada vez más encastrado en el río. Pero qué lindos son esos mundos. Tienen música. Cómo quisiera estar escuchando esa música. Todo es río, acá, mientras la busco. Encontrarla significaría mi par de zapatos para ir a la casa de Paíno. Pisar Asunción con zapatos nuevos. Pero todavía no los tengo. No es fácil encontrar señales cuando se está alucinado por otros pensamientos. Basta. Afirmar mis ojos en el agua. También mis manos, mis pies, todo el cuerpo. Alcanzar los indicios con mis dedos. Aún así no la encuentro, ni un solo tropero. Escarbo el fondo con todas mis uñas. Se llenan de tierra empapada de río. Las raíces acarician mis piernas. Tampoco está en la orilla. Los renacuajos se chocan entre sí, son demasiados, y no ven. No se ven. Mueven sus colas y se impulsan hacia delante, hasta que chocan entre sí. Son miles. Los que crezcan, van a irse lejos. Como yo. Van a dejar de ver pasar el ganado. Otros se prenderán de las patas de los caballos y se secaran con el sol. Morirán viajando. Alejándose. ¿Yo también sentiré que muero si me alejo del río? Ña Rufina dice que un ser humano pasa por muchas muertes. En ese caso, será mi primera muerte. ¿Qué sentirán los renacuajos cuando mueren? Quemazón. Ellos también añorarán el río.

Tengo que encontrarla. Ya no puedo estirar más el tiempo.
Ella será mía, mía, mía. Con esa seguridad lo digo. Porque así de seguros aparentan ser los mellizos, y la encuentran. Será mejor si me paro firme. Tomar la postura de esos dos. Copiarles el tranco. No. Mis pies no están hundidos. En realidad, todo el fondo del río son mis pies. Así: pensar al revés: no pierdo mis pies en el río. Gano el río como parte de mis pies. Sí, la voy a encontrar. Si me vieran los muchachos... Parecés un mellizo, me dirían. Sacás el pecho como ellos, achicás los ojos para verla mejor. Por eso, concentración. Buscar las señales. No debería ignorar los bichos. Ellos pueden ser un indicio. Me pueden llevar hasta ella. Siempre hay bichos a su alrededor. Las moscas en el aire, los cuervos la esperan en los árboles, los renacuajos en el río. Voy a volver a la orilla. Ahí tiene que estar el entrerriano…
El padre del colorado se quedó con el caballo. Miriñay, le puso. Dice que así lo llamaba el tropero Acosta. Porque él asegura que es el caballo de Acosta, el entrerriano. Dice que lo conoce bien, del escondite, debe ser. Ahí se embriagan los troperos a la vuelta del viaje, cuando vuelven sin el ganado. Primero se ahogan en el vino, después van a parar al río.
… Ahí tiene que estar el entrerriano porque el agua se mueve nerviosa. Pero ya cuesta mucho caminar. Pesa arrastrarse. Mis pies están cansados de tanto pelear con el barro espeso. Ahí. A unos pasos. Donde están los renacuajos. Hay demasiados. Y están nerviosos, como si allí abajo pelearan por el alimento. Ahí tiene que estar el tropero Acosta. Avanzá firme que ya la encontrás. No pienses en los cuentos. Esa música. No te distraigas ahora. Hundí la mano. Esquivá los bichos. Achicá los ojos. Tanteá el fondo. Esos son los últimos gestos del entrerriano. La cara hinchada de vino y agua. No tiembles. Sacá la mano. Mirala bien. Esa sensación. Eso es ella. La encontraste. Nunca más te la quitarás de las yemas de los dedos. ¿Hay algo más fuerte en el mundo? Ya lo hablarás con Paíno. Mientras tanto, sonreí, te ganaste los zapatos.

" Hueso y piel", Francisco Javier Sancho Más



Narrativa

HUESO Y PIEL Por Francisco Javier SANCHO MÁS Para culminar el homenaje de Carátula a Roa Bastos, Sancho Más escribió este relato como una carta al autor que le enseñó a leer la literatura latinoamericana, allá dondequiera que se encuentre. (A la memoria de Augusto Roa Bastos)
http://caratula.net/Archivo/N6-0605/secciones/narrativa%20-%20Javier%20Sancho%20Mas.htm

“Hueso y piel, doblado hacia la tierra, solía vagar por el pueblo en el sopor de las siestas calcinadas por el viento norte” Hijo de Hombre. Roa Bastos.
Permítanme que no me presente. Yo tengo nombre de esclavo. Vengo del pueblo de Iturbe del Manora. Soy guardia fronterizo. Quiero decir he sido. Ahora vivo retirado en las márgenes del río desde hace…no sé desde hace cuánto. Lo importante es que les tengo que contar algo deprisa.
El trabajo del guardafronteras la mayor parte del tiempo suele ser muy aburrido. En mi caso era un poco distinto. Me habían asignado una cámara fotográfica, y me pasé la vida haciéndole fotos a todo cuanto se movía de una parte a otra. Cuando lograba reunir una buena cantidad las mandaba en un sobre a Asunción. Allá las estudiaban buscando la prueba del tránsito de algún criminal o de un revolucionario.
En el puesto fronterizo, el cuarto de baño servía también para el revelado. Yo pasaba mucho tiempo en su interior casi a oscuras, tan sólo iluminado por una tímida luz roja cuando el agua revelaba la imagen de la litografía. Mis compañeros todavía se acordarán de cuando se desesperaban golpeando la puerta mientras ellos se iban de vientre y yo rezaba el padrenuestro en guaraní por cada imagen que emergía nítida del agua. No era fácil acertarle de lejos a un objetivo que se está moviendo. A cada sospechoso o sospechosa debía hacerle sendas fotos de frente y de espaldas. El tránsito no daba lugar a más que a tres o cuatro disparos. No podía fallar.
Nunca he ostentado ningún cargo ni rango. Hubiera sido difícil con mi nombre de esclavo. Pero cuando revelaba las fotos, el cuarto de baño era mi dominio y tenía la autoridad de no abrir la puerta bajo ningún concepto. De lo contrario, las pruebas gráficas quedarían inutilizadas. Si penetraba algo de luz blanca, el rostro de las personas de la imagen se hacía borroso, como a la vista de un miope. Poco a poco dejaban de existir.
A veces, los compañeros se enfermaban tanto que yo tenía que encargarme de todo: hacer las fotos, vigilar movimientos extraños, y revisar los documentos de alguien que iba o venía. Yo nunca me he enfermado, al menos hasta el punto de no poder trabajar. En mi familia todos hemos tenido una salud de hierro. En esos momentos en que me quedaba solo, ocurría algo extraño. Cuando estaba junto a los otros compañeros, el mundo me parecía más chico, sabía de memoria los metros de distancia entre una frontera y otra, pero si no había nadie alrededor, todo se difuminaba como en una fotografía al revés. La frontera era un gran espacio verde de nadie. A ratos, pasaban hombres y mujeres con reverencia, como pidiendo permiso a la selva. Muchas veces, de entre la arboleda, se venía el eco de uno que cruzaba delatándose con un padre nuestro también en guaraní. La soledad en el campo era inmensa. Nadie se lo puede imaginar. Así me encontraba en uno de esos días de 1966. Por la mañana había llegado el correo y me fijé que en varios sobres se leía “urgente y confidencial”. Acostumbraban a sellar así cualquier orden trivial, como la de no olvidar que ciertas piezas de caza requisadas a los furtivos, fueran enviadas de inmediato a la residencia del oficial al mando más cercano, a nombre de su esposa. Pero ese día dejé el correo para luego pues primero tenía que encargarme de la limpieza de todo el puesto.
En mitad de la faena, lo vi llegar. Caminaba con una maleta que le vencía de un lado. Llevaba chaqueta y corbata, y de lejos cualquiera hubiera dicho que era un hombre que volvía a su casa cansado del trabajo. No podía ser que, vestido así, viniera caminando de tan lejos. Se acercaba lentamente, mirando hacia abajo y poniéndose a tiro de cámara. Antes dije que el trabajo en la frontera suele ser aburrido porque casi nunca acontece nada. Cuando pasa, siempre le agarra a uno desprevenido. Entonces corrí a por la cámara. Tuve que armar el carrete, y con las prisas se me cayó al suelo en varias ocasiones. Por fin logré tenerlo listo. El hombre seguía ofreciéndose a mi objetivo. Hice dos disparos con la distancia entre foto y foto de unos pocos pasos. Si más tarde las hubiera visto una detrás de la otra de forma rápida, parecería que el hombre estaba atrapado en un movimiento constante de un solo paso. De lejos, era inconfundible su silueta guaraní. Su andar doblado hacia la tierra me era familiar. Por último, también su acento al saludarme tímidamente, sin alegría. Me entregó los papeles y se resaltaron, sobre el nombre, el lugar de su infancia y la fecha de nacimiento: Iturbe del Manora, 13 de Junio de 1917. Se me salió una expresión de sorpresa en guaraní. Después le dije mezclando los dos idiomas que yo había nacido en el mismo lugar, exactamente un día después que él. Ya era casualidad. Recibió la noticia con una sonrisa mustia como quien vuelve de visita a un pueblo convertido en fantasma. Entonces puse los ojos nuevamente sobre los apellidos y el nombre: Roa Bastos, Augusto. Empezaba a comprenderlo todo: su andar alicaído, su vestimenta, el correo urgente de la mañana…
Le miré a los ojos desde mi asiento. Tengo que decir que he visto a mucha gente irse para siempre del país, dejándolo todo, pero nunca vi una tristeza tan negra en los ojos. Era como si cargase en los párpados un saco de huesos y el resto de su cuerpo se estuviera preparando para una muerte de años. Hubo un instante de silencio sepulcral que yo respeté mientras le tuve delante. Después revisé sus papeles tratando de limitar mis preguntas, como si estuviera ante la imagen del Cristo agonizante de mi pueblo, la que tallara aquel escultor leproso que se fue a vivir a las afueras para que la gente no le viera el rostro deformado. Una imagen que costó que fuera bendecida por el obispo hasta que todo el pueblo se rebeló para que lo hiciera. Ese hombre que tenía ante mí se acordaría de él, del viejo leproso que construía guitarras, y de cuando en las tardes, desde las afueras se le oía tocando maravillosamente sin que nadie le viera. Los campesinos, las mujeres, los hombres del aserradero, se detenían en el camino de vuelta y, al oírle tocar, ya nadie pensaba en morirse.
Por intuición, volví a ver los sobres urgentes de la mañana. Se me ocurrió pensar que tenían alguna relación con ese hombre. Le dije que me esperara un momento. Fui a abrir una de las cartas. En efecto, se trataba de un mensaje que se refería exactamente a él. Se ordenaba ejecutar el mismo procedimiento que con otros individuos en ocasiones anteriores. Por un momento no supe qué hacer. Aquello estaba más allá de mis obligaciones. Conocía el procedimiento, aunque siempre preferí no saber nada. En el puesto se hallaban requisadas varias escopetas de los cazadores furtivos. En Asunción se solía practicar la política de invitar cortés y públicamente a salir del país sin mayores consecuencias a ciertos elementos subversivos. Quedaba así, la imagen pulcra del Supremo frente a la prensa internacional. Sin embargo, en las cartas que llegaban al puesto estaba escrita la verdad. Los peligros de la selva son muchos. Con una escopeta no reglamentaria, siempre el mismo guardia tenía orden de disparar desde algún arbusto separado del puesto antes de que esos elementos pudieran alcanzar el otro lado. Si llegaba a saberse la muerte de alguno, inmediatamente se culpaba a la imprudencia de cualquier cazador furtivo fácil de capturar, o a la fechoría de algún criminal de los que abundan por esas regiones. En ocasiones, el tiro provenía del otro lado: en la frontera los límites son como una fotografía mal revelada. Entre guardias de un país y militares de otro se disputaban el muerto y se repartían la recompensa cuando ésta llegaba. Mi general Stroessner tenía la franqueza de admitir su poder supremo, pero nunca reconoció en su haber ningún preso ni crimen político. Menos aún los del otro lado. En ausencia del guardia encomendado, la orden debía cumplirse por quien estuviera a cargo en el puesto.
Pero ese hombre era de mi pueblo y yo por entonces, me consideraba ya más un fotógrafo que un guarda fronterizo. Le había tomado tanto cariño a la tarea de hacer fotos que la frontera la tenía para mi como un campo de trabajo visual y artístico. Hubiera tenido la honradez de cambiar de oficio, pero a los que nacemos con nombre de esclavos nos es difícil vislumbrar opciones propias. Aunque la vida a veces regala ciertos momentos para ello.
Aquel hombre y yo casi no nos conocíamos. Sin embargo, lo sabíamos todo de nuestro pueblo en el Guairá: cada esquina; dónde apretaba más la resolana; el Cristo del leproso; la historia de la mujer prostituta que cuando la guerra del Chaco se hizo enfermera y por ese cambio de oficio, fue que todo el mundo empezó a referirse a ella como “la puta”. Los dos habíamos vivido lo mismo, también el Chaco. Yo fui soldado, él camillero. Eso lo supe después cuando me puse a leer, lento y con paciencia, cada uno de los libros que había escrito y recordé entonces todo.
Tengo nombre de esclavo, pero a ratos se me sale la libertad. Le enseñé de golpe el papel de su sentencia. Sin mudar el gesto apenas, me preguntó: “¿Y qué harás?”. Como yo no le decía nada, el prosiguió: “Te ruego al menos que me digas el lugar exacto donde me alcanzará el disparo.” Entonces, le conté lo que haría: “Esconderé la carta, la volveré a sellar y mañana, a la llegada del primer correo, la mezclaré con los otros sobres. Luego daré parte de que la orden llegó con un día de retraso”. Además estaba solo. No había testigos.
No sé si me creyó del todo, ni tampoco si, mientras recogía su maleta y se marchaba, tembló en algún momento al oír a sus espaldas un clic. Él ya era nuestro sacrificado. Su exilio fue para entregarnos la tierra. Yo me había criado usando el guaraní de mis antepasados, a veces, con algo de pena delante de las autoridades. Durante toda mi vida y sin saber por qué, había trabajado de sol a sol; había ido a luchar por una causa en el Chaco que nadie entendía; sin saber por qué, había matado por un petróleo que no era verdad, por un futuro que no era verdad. Sin saber por qué. Pero a él, nuestro sacrificado, nuestro señor de los exilios, lo enviamos a traer a nuestros muertos allá donde se encontraran, en las regiones de las que no regresa un hombre vivo. Y nos devolvió la lengua vernácula convertida en milagro, envuelta en un papel de regalo venido de lejos, como si hubiéramos servido a una hermosa princesa indígena que nuestros ojos no hubieran podido admirar, ocultos como estaban tras un velo negro. Alguien dijo que nos había enseñado a mirarnos las manos sin sentir vergüenza por tenerlas sucias.
Cuando en 1989 le permitieron volver, después de que por fin una flaca democracia expulsara al tiranosaurio de Stroessner, vino sonriendo pero con la certeza de quien se ha labrado su féretro durante años. Así que cuando al final se supo que ya anciano y solo, una asistenta le estaba drogando para desvalijarle poco a poco, eso no fue más que el último capítulo de una muerte más antigua. Al menos, tuvo el privilegio de descansar sus huesos y su piel en el Paraguay como gran tumba. El país del largo sacrifico, comido, estrujado, olvidado entre los grandes subcontinentes de alrededor y en los que se desparrama el éxodo de los paraguayos. Roa también se había exiliado en la Argentina. Allá se publicó Hijo de Hombre , la mejor de sus novelas, donde hablaba de nuestro pueblo fugitivo, cruzado por una historia que parecen haber labrado con saña las constelaciones. Después leímos El fiscal , y Yo el Supremo , ésta sobre el otro dictador antiguo, Gaspar Francia, el que le dio al Paraguay la independencia, y también la sangre. El año que nos vimos en la frontera, él escribió El Baldío , que es el mejor cuento del mundo: un hombre que acaba de arrastrar a un muerto hasta un basural y recoge a un niño gimiendo, abandonado allí mismo. Nadie sabe por qué ocurre ni quiénes son los verdaderos protagonistas. Así es la historia de nuestro pueblo: depositar muertos que luego dan a luz. Nunca se nos ha dejado ser con nuestros ríos y nuestras selvas. Siempre hemos sido el experimento del reino de Dios cercenado por Roma, la tierra donde los esclavistas portugueses cazaban guaraníes. En nuestra sangre siguen huyendo unos de otros. Roa también estuvo en la Argentina, sí, como los miles de paraguayos en ese emigración de sur a sur que no se cuenta, que es aún más dolorosa por silenciada, la de la gente de unos países pobres a sus vecinos un poco menos pobres. Huyendo, siempre huyendo. El exilio le llevó también a Francia, como a nuestra misma historia. Después le otorgaron el premio mayor de la lengua castellana, a pesar de haberla entrelazado con el guaraní. Qué extraña es la vida.
Y más exilios, más luchas, más premios. Pero la muerte lo acompañaba de lejos y era por todos nosotros, no me cabe duda. Algunos pensarán que exagero. Ahora que ya de esclavo sólo conservo el nombre, quise contar esto deprisa, sin miedo, aunque sí con un presentimiento. Los guaraníes creemos que nuestros años se hallan escritos en las piedras de los ríos. Cuando lo tuve delante descubrí que yo había nacido un día después que él. Ahora que Roa Bastos ha terminado de morir a este mundo, escribo justo al día siguiente, previendo que me arrastre a contravida como si lo hubiera hecho también al nacer. A él que nos dotó de una voz más alta repleta de ecos, yo quise devolverle estas palabras antes de que nos encontremos una vez más en otra frontera.
Yo soy el que le hizo la foto por detrás, la que se conserva de su último exilio, donde se le ve de espaldas, llevando en su maleta las voces ocultas y cercenadas de los nuestros, para enviárnoslas luego con el fin de que nos hiciéramos nuevamente sus dueños. Es la foto en la que se va caminando hueso y piel, doblado hacia la tierra.
Barcelona. Mayo 2005